Cuando sufrimos, cuando estamos tristes, cuando nos rebelamos, cuando fracasamos en algo, cuando nos molesta un dolor que reaparece en el cuerpo, cuando no podemos dominar algunas cosas que nos superan. ¿Qué hay en el fondo de todos esos sufrimientos?

 

Hay una intensa sensación de debilidad interior.

Esa sensación de fragilidad puede ser necesaria para transformarnos y para alcanzar una profunda humildad; también para darnos cuenta de que necesitamos de los demás. Pero ese efecto positivo se confirma cuando las malas experiencias nos vuelven más alegres y simples, más abiertos y confiados. Si no es así, y sólo nos queda una sensación amarga, entonces hay una debilidad interior que debe ser curada.

Podemos hacer un camino para llenar, curar nuestra alma y corazón, para volvernos muy fuertes por dentro. De esa manera, las cosas que nos sucedan no nos quitarán la alegría, y podremos enfrentarlo todo. No se trata de una fuerza física, del poder del dinero o del prestigio. Es una fuerza interior, es sentir que nuestras fibras más íntimas están muy firmes, que estamos arraigados en la vida.

Entonces, desaparece ese nudo en la garganta, esa sensación de desamparo, esas angustias que nos vuelve flojos.

Hagamos este camino para liberarnos de esa debilidad y lograr una vida llena de nuevo vigor.